Cartas del año 2.010

 

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43 Carta

Domingo, 24 de abril de 2.011

A ti, que no sabes porqué no hay sacerdotes:

Los grandes santos, la mayoría, tuvieron padres y madres de fe, o por lo menos uno de ellos daba buen ejemplo de piedad auténtica. Hoy, con el divorcio, con tanta promiscuidad, y por evitar los hijos, los matrimonios, los esposos, muchos, NO TIENEN FE. Antes de casarse algunos la tenían, y por la pureza y la castidad se mantenían fieles en la esperanza de la fe, hacían obras de ella y la alegría vivía en su corazón. Pero, oh, mis queridos hijos, mis amados hijos en Dios, Uno y Trino, cuando la realidad de la vida matrimonial estuvo a su alcance, la pasión se desbordó y la falta de pureza acabó con las buenas intenciones. Os preguntáis porqué digo la falta de pureza; os lo digo, oh hijos míos, porque no todo es lícito en las relaciones sexuales matrimoniales; todo lo que va contra la pureza no es bueno; no se puede expresar el amor con la impureza; llegada la impureza en el matrimonio, el egoísmo como maldición entra en el santuario del hogar: la alcoba. Los matrimonios tienen que querer ser santos, para que se salven ellos y sus hijos, y en esta vivencia de santidad, de fe, esperanza y caridad, Dios toca los corazones a una vida de entrega a los demás, sea en el SANTO matrimonio, sea en el SANTO ministerio del sacerdocio.

¿Por qué no hay sacerdotes?, porque no hay padres como Dios manda. Primero se necesitan padres consecuentes con su fe, y por ella vendrán sacerdotes santos, alimentados por la fe de sus benditos padres. Dios mismo, Jesús, tuvo una Madre Santa, y su padre adoptivo es santo.

La santidad es para todos, hijos míos, para todos. También para ti.

Si tienes vocación al santo matrimonio, cásate con quien comparta tu misma fe e ideales y tendréis hijos de fe, por vuestra fe, y alguno será posiblemente sacerdote.

Dios no quiere sacerdotes malos; estos aún empeoran las cosas santas y son fuente de gran pena para el Santo Padre, para el mismo Dios, Jesús.

Todos estamos llamados a la santidad, todos; ¡tú también!

Confio en ti, hijo de Dios, para que seas la alegría del Santo Padre, para que seas la esperanza de la Iglesia; y la bendición de Dios caerá en ti, por tu fe, por tu virtud, por tu pureza; como la de María, tu Madre y la mía, la que hizo posible que hoy como Ella dijo, tú digas también “sí”, a su Hijo, a tener a su Hijo, Jesús, en ti. Ve a comulgar y únete a Dios PARA SIEMPRE.

Eso es lo que espero de ti, las obras de tu fe, el que vivas alimentándote de la Eucaristía, porque Dios vive en ella, en la Sagrada Hostia consagrada, para que tú te mantengas en la pureza, seas soltero, casado, viudo, sacerdote, consagrado, o religioso. Porque la pureza hace a los santos.

Pido a Dios Padre os mantenga alegres y fieles en la fe, y viváis los casados el amor en plenitud de bien. Tened hijos y bendecidlos con la fe. Dios os colmará de gracias. Pedidle ayuda a la Virgen María, para que Dios, Jesús, os ayude en todo, y recordad que María dijo a los sirvientes de la boda de Caná: “Haced lo que Él os diga”. Confiad en María, que está pendiente de los esposos.

Esposos amados, Dios espera en estos tiempos y en todos los tiempos, en vosotros, para que vuestra fe, como vuestro amor, tenga fruto, fruto de fe, de hijos, de sacerdotes.

 Con afecto sincero.

P. Jesús

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