Cartas del año 2.010

 

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87 Carta

Domingo, 1 de julio de 2.012

A ti, para que tengas compasión:

Amigo, amiga, hay muchos que pasan desgracias, penas grandes, calamidades, cosas, acontecimientos insufribles, insoportables, y que siguen viviendo; es decir, no por pasar todo esto, mueren, sino que su cuerpo sigue con vida porque Dios espera que tú, ¡tú!, tengas compasión de esta persona que te necesita, necesita de ti. ¡Mira!

Ya sé que tú tienes tus problemas, y “ése ¡se lo ha buscado!”; cierto, cierto, no mientes, pero te pido de rodillas, que ¡por Dios!, tengas compasión de él y le perdones si te ha hecho sufrir, si te hace sufrir, si sufres por sus fechorías contra ti, que a veces así suele pasar; por eso hoy quiero enseñarte a que tengas compasión, porque algunos creen, se creen, que es ser blando el sentir compasión; esa sensación de pena, mezclada con un posible desprecio, a veces, otras no, pero a veces sí.

La compasión es para esos que parece que no hay remedio, que parece que no van a cambiar nunca y todo les sale mal, ¡muy mal!, y a veces, ¡tantas!, se lo han buscado, porque no han puesto nada de su parte para vivir una vida digna, ¡todo lo han dejado perder!, todo se les ha ido de las manos, y puede que parezca que él mismo se lo ha buscado. Hay muchos ancianos que son dignos de compasión. Gastaron su vida en lujurias, en despilfarros y vagancia, y ahora, ¡míralos!, sí, ¡míralos!, ¡son dignos de compasión!

Quiero, hermano mío, hermana mía, que tu corazón se abra, que olvides lo que han hecho y lo que han dejado de hacer, y quiero, quiero que les tengas compasión, y olvides tu pasión y no los maltrates en tu mente, con ella, con pasión, sino que son dignos de lástima; eso que decimos: “lástima que…”

En la compasión, además de perdonar, es que ya no se recuerda, porque lo que ves del otro, allí donde está, es que ya ves que está pagando la pena de todo lo mal y malamente que vivió anteriormente. La compasión es más por los indeseables que por otros, porque esos indeseables que hicieron adrede tantas maldades, y ahora, ¡míralos!; dan compasión, esa pena profunda de ver que ellos mismos se han perdido; ¡Dios!, qué dolor.

La compasión hacia ellos, esos que ayudas y sabes que toda tu ayuda la van a desperdiciar, que si les das dinero, no lo utilizarán para salir de su situación, sino que quizás empeorarán su conducta, y… ¡no sabes qué hacer!

¿Adónde tienen que ir todos estos ancianos llenos de vicios y faltos de dignidad?; esos que, tantos, duermen en las calles y comen de caridad. ¿Qué lugar hay para ellos en la sociedad?. Habían sido esos lujuriosos, extravagantes, egoístas, a veces despóticos; y, tantas veces, por ir a la suya no les ha importado hacer tanto daño a los demás, y ahora, ¡míralos!; ¿los ves?, sí, sé que los ves y te llenas de compasión.

Has comprendido bien lo que es la compasión. Sí, lo sé. Te he llevado con mis palabras y tu imaginación, por los andares del sentimiento y has sentido eso, compasión. Ahora podrás rezar por ellos, porque todos ellos lo que necesitan es oración, porque si los ven, ni los miran, son como una especie de cosa que vive, malvive; esa es la realidad, pero son personas, existen, aun no han muerto, viven para que tú reces por ellos y pidas al Gobierno que los atienda, porque en invierno, de noche y de día, tienen frio, y en verano, exceso de calor, pero su corazón no está muerto, sigue siendo como fue, egoísta buscando su placer; normalmente es así, así es, y sin embargo Dios quiere que se rece por ellos, así saldrán almas benditas que, en los próximos año, se ocuparán de ellos, porque por la crisis de hoy, serán muchos, muchos, los que necesitarán compasión, porque vivieron antes tiempos de abundancia y abusaron de la vida; fueron, muchos, bebés consentidos, “niños yogur”, jóvenes mundanos que ni se casaron, y no tuvieron hijos o los mataron con el aborto; y serán dignos de compasión, porque viajaron y tuvieron dinero, lo adquirieron como fuera, con tal de tener liquidez, y así abusaron. Algunos, muchos, sus padres se lo dieron todo, les compraron el título universitario, la casa, el coche… incluso llegaron a tener, algunos, un despacho, pero cayeron en desgracia, vino la crisis mundial y no estaban preparados para afrontarla. Luego todo fueron prisas para que aprendiera a sacar él solo su vida adelante; y ya no era el bebé rollizo y deseado, ya no era el niño divertido en sus extravagancias, ni el joven que disfrutaba de todos los placeres de la vida; ahora, ¡¡miradlo!!, no sabe qué hacer y continúa como si la vida no hubiera cambiado, como si la crisis económica no existiera, y quiere seguir gastando, porque eso le enseñaron, ¡eso era la moda!, y como tantos, él-ella, la siguió, y era aplaudido por ello. Fue uno de los que asumió rápido el ser “como todos”, es decir como la mayoría, y era un líder en esto; sus padres y parientes podían presumir de ello, ¡y lo hacían!, pero ahora la vida ha cambiado, y no, él no está desesperado, sigue haciendo lo que siempre hizo; y si no tiene casa, va a un piso, o si no se queda afuera, en la calle, ¡qué más le da!, porque le enseñaron  que nada le debía importar, sólo debía pensar en él mismo, en sí mismo, y sigue haciéndolo porque así lo programaron sus padres, familiares y amigos que ayudaron a convertirlo en lo que es; y, ¿qué es?, un ser digno de compasión. ¿Qué haremos con todos ellos, esta generación de compasión?. Dios quiera que los que mandan los tengan en cuenta, porque con los años no serán esa minoría, sino que habrá muchos, muchos más… por las calles, por las plazas, sin rumbo fijo, sin nada. No es solución matarlos, como se mata a los bebés con el aborto, no es una solución digna, pero, ¡serán tantos!, por miles los veréis en las esquinas y durmiendo en los bancos de las plazas, por más ley que se inventen. Con todas estas personas que no quieren tener casa, que no quieren hacer nada, que ¡pasan las horas!, ¿qué piensan hacer con ellos?; no están locos para encerrarlos en un manicomio, y son demasiado cuerdos para no seguir queriendo vivir su vida. ¿Cómo ayudarlos, si la ayuda que recibirían se la gastarían en sus banalidades?, pero están ahí, y son dignos de compasión. Repito, necesitan oración. No pases de largo tu mirada. Sé que lo haces porque crees que no puedes hacer nada; y realmente, ¿qué puede hacerse con ellos?; no se los puede encerrar en una cárcel, porque no han hecho ningún delito comprobado; así, que si no están locos, ni han hecho nada contra la ley, ni hacen nada para llevar una vida digna, ¿qué se podrá hacer con ellos?; ¡que alguien me lo diga!, porque yo soy sacerdote y me ocupo de las almas y no de dar una vida digna económicamente a los indigentes que, muy seguro, les das algo y se lo gastan en lo que no les conviene. Sí, he dicho que habrá miles de indigentes, ¡MILES!. ¿Qué harán con ellos?; y ellos, ¿se dejarán ayudar?, porque en su libertad, hacen lo que quieren; entonces, ¿cómo se va a solucionar este problema social? Además, algunos, ¡muchos!, son violentos, sí, lo son, porque contestan a la vida lo mismo que la vida les da; y les da lo que les da, porque no les enseñaron a trabajar, les dieron lo que querían ¡y más!, y reían todos sus aventuras. Y ¿ahora qué?...

Todos los grupos buscan gente que esté bien, para ser de ellos, y quieren a los mejores, y para conseguirlos son capaces de pervertirlos. Sí, eso también forma parte de tantos indigentes que fueron muy deseados por tantos, que los consintieron. ¿Y ves lo que ha salido de ellos?...

Todas esas personas sin vocación, sin una misión a la que dedicarse, ahora y más adelante, estarán en las calles mendigando, aun que pongan leyes prohibiendo la mendicidad.

¿Verdad que ahora comprendes más sobre la compasión?; sí, lo sabía.

Ahora que aún puedes, trabaja y no permitas que te hagan un consentido, una persona sin sentido, sin vocación ni misión. ¡No te los creas cuando te digan que eres como todos, igual que todos!, porque no lo sois. Nadie es un inútil, nadie es indigno, tú y todos tenéis un lugar en la vida, pero os lo pusieron demasiado fácil y os debilitaron, y ahora te acosan y te acusan de parásito, de no rendir para la sociedad, de no servir para nada, ¡de que se te ha pasado la oportunidad!

¡Qué callen esos locos!, ¡silencio en esas bocas que antes reían las gracias del niño de la casa!

Y tú que me lees, ¡espabila!, porque te están haciendo una encerrona colectiva para que otro día todos al verte tengan que tener compasión de ti. ¡Ahora!, ¡ya!, es el momento de que tú seas capaz de decidir sin pensar en lo que dirán los demás; si no lo dicen hoy, lo dirán mañana, cuando no tengas casa ni coche ni dinero para mantenerte. ¡Debes ponerte un alto!, y alto y claro, decirte que Dios te Ama pero no te consiente, que tú, como todos, ¡a sufrir amigo!, porque debes cumplir con el precepto de todo ser viviente: abastecerte a ti mismo de lo que necesites, y además ayudar a los demás. ¡Esa es tu misión, campeón!, y ¡que te ayuden esos que reían de tus estupideces cuando fuiste el campeón del mundanismo!; sí, que padres y hermanos y parientes y amigos, te ayuden a encauzar tu camino por donde cruces por la vida; sacudiéndote de las tonterías de niño consentido y pisando fuerte, seas capaz de llegar a la muerte con dignidad. Tengas la edad que tengas, puedes ¡ya! salir de ésta, de esta encerrona en la que te han puesto, para que ahora te calles y estés bien quieto, pero llegará el día en que te echarán fuera, cuando no les hagas ninguna gracia, cuando ya hayan conseguido de ti lo que querían, y es que no les estorbaras con tus altos ideales, esos que practican las personas sabias, las que no se venden ni se sienten derrotadas aunque se queden sin casa, sin techo ni auto ni comida, las que tienen un Dios al que dar vida con su vida, esos que molestan tanto; ¡sé de esos mi hermano! porque la vida te debe un precio, la de poder ser católico cristiano, ¡si quieres!, y todas las almas lo quieren, ¡si lo sabré yo!, pero las engañan otras almas que languidecen en su derrota de no pensar en Dios sobre todas las cosas. ¡Anda tú!, ¡levanta!, no te idiotices, porque no necesitas de nadie para hundirte; ¡aléjate!, si hace falta, ¡vive tu vida llena de esperanzas!, y espera y confía, y cree en la oración, ¡que es bendita!, y por ella y con ella, esta vida tuya será distinta, si haces oídos sordos a toda esa pandilla de necios que te han llenado la cabeza desde pequeño, de que no puedes alcanzar, con lealtad y bien, ¡tus sueños!; que te lo digo yo: ¡sí que puedes!, aunque ahora estamos en crisis y es hora de resistir, es hora de decidir si quieres ser digno de compasión o si quieres ser un campeón. ¡No desistas!, que falta poco, bien poco, para tener tu recompensa a ese cambio de vida que hace poco que has dado, y que a otros, los que están a tu lado, les molesta, porque no es que no sepan que puedes conseguirlo, sino que les molesta que lo consigas tú, mientras ellos miran. ¡Celosos!

Bueno, bueno… ya es hora de descansar y es hora de dar gracias a Dios por este día, y el que hayas leído mi carta, esa que he escrito para ti, porque estabas tan desanimado que me diste compasión. ¡Un abrazo, hermano!

¡Paz!

Con afecto sincero

P. Jesús

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