Cartas del año 2.010

 

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14 Carta

Domingo, 12 de septiembre de 2.010

A ti, que estás arrepentido:

Ay, hijo mío, hija mía, qué duro es saber de tu mal proceder y no poder cambiar lo que has hecho, lo que has dicho. ¡Ven a mis brazos, hijo-a!, lloremos, y arrepiéntete de tus pecados, de tu daño efectuado.

Ahora, pasado el tiempo, no comprendes bien cómo pudiste llegar a hacer, a decir, lo que hiciste y dijiste. Tendrás que aceptar las consecuencias de tus actos y palabras, pero yo, sacerdote de Dios, estaré contigo, a tu lado, para consolarte, animarte y recordarte que Dios te Ama; sí, ¡te Ama!, por eso murió por ti y se quedó ¡por ti!, en los sacramentos, para que puedas volver a empezar en tu camino a la santidad.  ¿Qué dices, hijo-hija?; ¿Que te es imposible ser santo-a? No te es imposible, ¡claro que no!; puedes serlo, aún puedes y debes serlo, por eso yo me hice sacerdote, para administrarte los sacramentos que te harán santo-a; por esto estoy a tu lado llorando por tus pecados, por tus faltas, por tus errores, porque los siento míos; eres mi oveja y te perdí; ¿a cuántos sacerdotes se les pierden sus ovejas y no van a buscarlas, porque dicen que son libres?, y pobrecitas, extraviadas, no recuerdan, no encuentran el camino a Casa. El sacerdote debe visitar a sus hijos e hijas, debe ir a visitarles y decirles: “Mira, yo soy sacerdote y estoy en la Iglesia; puedes venir siempre que quieras, yo estoy a tu servicio, allí me vas a encontrar; cuando quieras venir, podemos hablar, puedo contestarte a las preguntas que te hagas sobre la Iglesia, puedo escucharte y ayudarte. Si algún día quieres verme, ven a la Iglesia, allí vas a encontrarme siempre para ti, y si sabes de otro-a que me necesite, que tan sólo quiera hablarme, venid los dos, o le dices que venga; podemos hablar de lo que deseéis, me hice sacerdote para atenderos, para consolaros o aliviaros.  Y si quiere, puede hacer una carta a cada uno de sus feligreses, niños, jóvenes, adultos y ancianos, y se lo comunica por escrito, y puede hacer como yo, acostumbrarse a escribirles una carta. En los ayuntamientos le darán el censo, sabrá los nombres de sus feligreses, podrá rezar por ellos, sabiendo su nombre, sus datos, y puede hacer actividades, e informar según la edad de los habitantes del lugar donde Dios le ha destinado para cuidar de esas personas, para ayudar a Dios a salvar las almas de todos ellos. Cada uno de ellos es de su responsabilidad espiritual, ¡es suyo-a! para acercarlo a Dios. Si muchos sacerdotes sintieran más amor por sus feligreses, abrirían la Iglesia cada día, y estarían dentro de ella, esperándoles, para consolarles, para animarles a arrepentirse de sus actos y palabras contrarios a la Ley de Dios, y esa Parroquia, del pueblo, de la ciudad, del barrio, crecería, se sentiría amada por la Iglesia, por Dios, por el sacerdote; y las almas, confortadas del dolor de sus errores, podrían cobijar la alegría del Amor. Y un sacerdote puede consolar a todos, sean católicos, ateos, protestantes, sean quienes sean que acudan a su llamado del servicio que desea, que quiere ofrecerles desinteresadamente, respetando sus creencias, y dándoles ejemplo bueno de donde está la Verdad, en la Eucaristía; y Dios le ayudaría, como ayudó a tantos santos sacerdotes que, amando a las personas por amar a Dios, hicieron cambios en su conducta y abrieron los brazos a los arrepentidos, a los que necesitan la caridad de un sacerdote que ama a Cristo, y con Cristo, se hace Cristo para todos; porque por esto un sacerdote se hace sacerdote, para ser otro Cristo en la tierra, como lo es el Papa, como tienen que serlo todos los bautizados, incluso tú que has pecado y estás arrepentido. Ve a la iglesia, confiésate y ayuda al sacerdote en lo que haga falta, y empezad una iglesia doméstica en cada casa, en cada alma que vive cerca de ti, y que no sabe lo que hace. Ayudad a las almas, ayudadlas vosotros los que habéis pecado y estáis arrepentidos, vosotros laicos y sacerdotes, vosotros religiosos y todos, consagrados a Dios Uno y Trino, sed buenos unos con otros, porque todos en un momento u otro, os habéis sentido solos, perdidos, necesitados de consuelo, de alguien bueno que os de ánimos. Lo sé, sé que necesitas ayuda para aumentar tu fe. Ven, te espero en la Iglesia, hoy a las tres de la tarde, o a las nueve de la noche, o mañana a las siete de la mañana. Preguntas si duermo, si descanso; un sacerdote, hijo mío, hija mía, es como un padre de familia numerosa; él vive para la familia y la atiende a cualquiera hora, y puede hacerlo, tiene el sacramento del santo matrimonio que ayuda a llevar a cabo la vocación de padre, como los sacerdotes que reciben por el sacramento del sacerdocio y, al igual que los esposos y padres, si viven en Gracia de Dios, Dios viviendo con ellos, hace maravillas con su vocación y voluntad, ¡maravillas!

La semana que viene, os escribiré a vosotros, a los hijos, para animaros a reconciliar a vuestros padres que están enfadados, y que tú sufres tanto por verlos así. El domingo que viene hablaré para ti, para los que formáis parte de una iglesia doméstica.

Hoy me despido ya de ti, tú que estás arrepentido y que sufres tanto por el pecado cometido; déjame decirte que voy a rezar por ti, que me acordaré de ti mientras viva, y que con Dios vas a ganarte el Cielo, ¡ya lo creo!; si quieres, Dios hará, hace; mira, has venido a mis brazos, porque Dios te ha hablado de un sacerdote que está en la Iglesia y te está esperando siempre. ¡Ven!, arrepiéntete, porque puede volver a salir el sol para ti, y vendrá la primavera, y esas lágrimas de arrepentimiento harán nacer flores preciosas que pondrán alegría en tu corazón y sonrisas en tu rostro y en todo aquel que las vea. Gracias por ser tan bueno, tan buena, y darte cuenta de que obraste mal; eres una persona especial, porque Dios te ha tocado el corazón para que, arrepentido-a, puedas ayudar a otros a hacerlo también. Gracias, muchas gracias por arrepentirte. El mundo es mejor desde que tú has aceptado tu cruz, el dolor de tus pecados, la vergüenza de no saberte perfecto, pero, ¡vas a serlo!,  confía en mí, que por eso me hice sacerdote, para ayudarte en tus buenos, ¡santos!, propósitos de dejar que Dios te salve.

¡Ánimo!, si quieres llorar más, lloremos los dos, yo te acompaño en tu dolor,  porque es muy triste haber pecado. Pero, ¡aquí estoy yo para ayudarte a ser mejor!; ¿cómo?, dándote los sacramentos, porque en ellos está Dios mismo, y sólo Dios puede perdonar y hacerte santo. ¡Siempre ha sido así!, por esto Cristo murió por ti. Acéptalo y recemos a la Virgen del Perdón (www.virgendelperdon.com ), Ella, ¡preciosa mía, nuestra!, Ella te comprende y te acepta siempre así, arrepentido, porque Ella es la Virgen del Perdón, que pide a Dios por ti.

¡Alegría! Te has confesado, ¡estás perdonado! Verás cómo en primavera nacerán las flores de tus lágrimas de arrepentimiento. ¡Qué bonitas!,  ¡que lindas son!, salidas del dolor de tu corazón.

Hoy me cuesta despedirme, tantas semanas sin escribirte; me pasé días y noches rezando por ti, para que llegaras a arrepentirte, ahora ya puedo volver a escribir, ya te has arrepentido, confesado, comulgado, y eres feliz con lo mucho que te ama Dios. Amén.

 Con afecto sincero.

P. Jesús

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